AUTOR: RAÚL LINARES.
(12 de abril, 2014).- Ya lo había dicho el mismo Servando Gómez La Tuta; la guerra michoacana nació cocinada bajo el fuego filial. A menudo sus dirigentes, mediante evangelios proscritos, mesianismos terrestres o alocuciones mediáticas, han insistido en el carácter de “hermandad” en que se funde su organización.
“Señor Gómez, ¿a qué se dedica usted?”, le preguntó, en diciembre pasado, el periodista Rolando Nichols. “Pues si te dijera que soy profesor a lo mejor ya no me la crees. Me dedico, realmente, a dirigir un grupo, una hermandad, yo le llamo una empresa que, según nosotros, se dedica a ayudar o a proteger al pueblo; una organización social”, contestó.
Cierto.
En el fondo, el conflicto michoacano ha tenido como componente vital, las relaciones familiares, el crimen y el poder.

