AUTOR: Sanjuana Martínez.
La SEP ordenó que nos quedemos porque no hubo muertos, dice la encargada del plantel. Ecologistas exigen frenar la fractura hidráulica para hallar gas shale; derrumbes en más edificios.
General Terán, NL. Los niños de seis y siete años, de primero y segundo grados, caminaban en fila. De pronto un estruendo seguido de gritos de histeria asustó a todos. Los sismos habían cuarteado la escuela, pero nunca imaginaron que terminaría por dañar parte del techo.
Nos quedamos helados cuando vimos el derrumbe. De milagro los pedazos que cayeron no mataron a las criaturas. Y, como no hubo muertos, aquí seguimos.
Nos harían más caso, si nos hubiera pasado algo, pero como no quedamos enterrados, la SEP (Secretaría de Educación Pública) nos exige continuar en el mismo edificio, dice Verónica Garza Tamez, encargada de la escuela primaria Revolución, en el ejido El Llano, ubicado a unos 100 kilómetros al sureste de Monterrey, en la región citrícola, donde los temblores son más intensos.


