AUTOR: ÓSCAR BALDERAS.
Dentro de una casa con olor a ropa vieja, Juan José está tirado en el piso con la rodilla derecha rota. Se la han quebrado a tablazos, con un madero grueso que un hombre balanceó hasta doblarlo, mientras otros tres vigilaban la tortura.
Gimotea, suplica, se aferra al piso pegajoso por la cerveza demarrada, pero no puede levantarse. Escuchó el sonido de su hueso quebrándose y, aunque se lo exigen a patadas, Juan José, de 22 años, no puede ponerse en pie, como estaba hace minutos cuando apoyaba el cuerpo sobre las palmas de sus manos, recargado en una pared, a la espera de su castigo. Imposible, ahora, estar de pie, después de cuatros tablazos dados con furia sobre sus delgadas piernas.
“¡Eso te pasa por caminar nuestros terrenos, hijo de tu perra madre! ¡Párate, huevón!”, vocifera uno, mientras graba con el teléfono los ruegos de Juan José. “Perdón, señor, perdón, no lo vuelvo a hacer eso”, responde él, mientras intenta apoyar sus 60 kilos en una pierna quebrada y otra inflamada hasta casi el doble de su grosor.
















