lunes, 5 de marzo de 2018

Celebra el PRI su 89 aniversario sin las grandes multitudes de antaño

Para ungir a su candidato, llenó el Foro Sol. Para celebrar su cumpleaños, el PRI opta por un acto controlado, el menos nutrido que recuerden los reporteros, y con José Antonio Meade como orador único, pues nadie parece encontrar contradicción en que lo sea un simpatizante del partido.

En el escenario dominan las grandes pantallas en las que corren un par de videos, uno dedicado a la historia y las figuras del partido; el segundo, a los rasos priístas de corazón. Se subraya ahí, en las palabras de los militantes de base, el orgullo de ser miembro del PRI. Pero hasta ahí llega la gloria de antaño. El número 89, que corresponde al aniversario, es tres veces más grande que el logotipo del tricolor, puesto ahí como si quisieran esconderlo.


En el escenario, las sillas son ocupadas por representantes de pueblos indígenas, todos con sus trajes tradicionales. La escenografía para el candidato ciudadano que no quiere tener detrás, para la foto, a los personajes que baja a saludar.

José Antonio Meade besa a Beatriz Paredes y abraza a Emilio Gamboa, quien por primera vez irá a la banca por tres años, a la espera de volver a ser legislador por la única vía que lo ha sido, la plurinominal.

Manlio Fabio Beltrones le dedica una sonrisa Colgate y Miguel Ángel Osorio Chong una mueca forzada, mientras Juana Cuevas, la esposa del candidato, estira el cuerpo para dar un beso en la mejilla al líder petrolero Carlos Romero Deschamps.

Meade sube de nuevo al escenario para dirigirse primero a los sectores y las organizaciones. Arranca alaridos cuando saluda y se entrega al rosario de siglas representado en la pequeña multitud que lo acompaña.

La aparición brevísima de Enrique Peña Nieto en un video arranca el grito de ¡Peña, Peña!, que muy pronto se diluye en el ¡Pepe, presidente!, ¡Pepe, presidente!

Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, Jesús Reyes Heroles, Luis Donaldo Colosio (cuyo hijo, del mismo nombre, aparece hoy al lado de Ricardo Anaya), Enrique Peña Nieto y pare de contar. Nombres que marcaron época en el partido, “un partido histórico y fundacional que ha sido determinante…”, va diciendo el candidato cuando se le va el sonido por unos instantes.

¡El futuro que queremos para México es el de una potencia!, arenga el ex secretario de Hacienda.

Las consignas sembradas en la pequeña multitud le responden: ¡México chingón, México chingón.

¡Juntos vamos a hacer ese México chingón!, replica el candidato con el gran hallazgo discursivo de su campaña, que acompaña a su #Yomero.

Poco después, las huestes del sector popular le roban una consigna al sindicalismo democrático: ¡Que sí, que no, que cómo chingados no!

Y Meade la atrapa al vuelo, con ensayada espontaneidad y anunciando lo que viene para los siguientes meses: ¡Y si no, que pregunten en el estado de México!

En este punto, lanza dardos contra sus adversarios: Nadie puede dejar de explicar de qué ha vivido. Ningún candidato puede usar la contienda para lavar culpas. No hay cortina de humo que valga. El que la hace la paga.

Las sonrisas, las sonoras palmadas en las espaldas y la gritería poco dicen de la campaña real que algunos priístas comentan en los pasillos, antes del inicio del acto, cuando flota sobre sus cabezas su (hasta ahora) sólido tercer lugar en las preferencias electorales.

Los usos y costumbres del PRI establecen que el presidente del partido es siempre hombre del presidente de la República en turno, pero que el nombramiento del coordinador de campaña corresponde al candidato.

El resultado es que hay un coordinador formal (Aurelio Nuño) y una coordinadora real (Vanessa Rubio, la jefa de la oficina del candidato).

En su afán de controlar todo, dice más de uno en los pasillos, Peña Nieto ha dificultado el funcionamiento del equipo del candidato y convertido a Nuño en un coordinador que nada coordina.

Quizá eso pesa en el candidato cuando habla de la necesidad de reformar al PRI, y se le escapa un nuestro partido.

Meade dedica unos 10 minutos a recorrer las virtudes de su formación y sus logros en el servicio público (un ciudadano con una trayectoria limpia, se define). En busca de empatía, presume: Soy hijo de un priísta. De mi padre Dionisio aprendí a servir al país. El aludido, ex diputado del PRI, está en un sitio de honor, como el que ocupa en el cuarto de guerra del candidato.

La nueva etapa del PRI, que define un simpatizante del partido para darle vocación ciudadana, está hecha de cuatro compromisos que pasan por instalar la Comisión de Ética, poner por delante la economía familiar, reforzar la educación de excelencia y una revolución en la política social (el famoso registro nacional o ministerio de la necesidad, como le ha llamado Paloma Villagómez).

Así despacha el PRI, en poco menos de una hora, la celebración de su cumpleaños 89. Pocos se apretujan para tratar de ver de cerca a los figurones del partido.

Afuera protesta un grupo de militantes de Ciudad de México. Acusan exclusión en las candidaturas y amenazan con abandonar las filas del tricolor de cien en cien, hasta llegar a 14 mil.

La primera sorpresa es que uno se entera de que el PRI capitalino tiene ese número de militantes. La segunda es que nadie enfrenta a las rudas mujeres que son las más gritonas. ¡Se ven, se notan, sus caras de idiotas! Los que acaban de ovacionar a Meade las miran de reojo y siguen de largo.


FUENTE: LA JORNADA
AUTOR: ARTURO CANO
LINK: http://www.jornada.unam.mx/2018/03/05/politica/004n1pol