domingo, 30 de agosto de 2015

Fracaso tras fracaso en la Comisión Nacional de Seguridad

MÉXICO, D.F: Como reflejo de la crisis de violencia e inseguridad que vive el país, el área encargada de la seguridad en el gobierno de Enrique Peña Nieto se ha convertido en la más inestable de su sexenio. Por tercera vez en tres años, el presidente designa a un nuevo titular de la Comisión Nacional de Seguridad (CNS).

Renato Sales Heredia, un abogado con experiencia en la investigación policial y la procuración de justicia estatal y nacional, es, a partir de este día, el responsable de operar la pesada estructura de la CNS, que no es otra cosa que la Secretaría de Seguridad Pública de los gobiernos panistas insertada en la Secretaría de Gobernación.

El primer comisionado nacional de seguridad de Peña Nieto fue Manuel Mondragón y Kalb, exjefe de la policía del Distrito Federal, que además de sorprender al perredismo cuando se sumó al gabinete presidencial, fue incapaz de echar a andar una de las promesas de campaña de Peña Nieto: la creación de una Gendarmería Nacional.

Mondragón y Kalb, a quien se le recuerda por las decenas de escoltas de la Policía Federal (PF) que ocupaba, no pasó de la etapa de reclutamiento de quienes estaban llamados a reemplazar a los militares en las funciones de seguridad pública.

Tampoco pudo articular una nueva estrategia de seguridad. A lo más que llegó fue a anunciar la división territorial del país en cinco regiones. Pero esa era una idea que había salido del gabinete de seguridad, por lo que la propuesta no era de su entera exclusividad.

Peña apenas lo mantuvo poco más de un año, aunque en octubre pasado lo nombró encargado de la Comisión Nacional contra las Adicciones. Mondragón salió de la CNS en marzo de 2014, reemplazado por el experimentado Monte Alejando Rubido García, un hombre hecho en los servicios de inteligencia civil y de espionaje. Inició su carrera a principios de los años ochenta en la desaparecida y temida Dirección Federal de Seguridad (DFS).

Rubido vio nacer al Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), donde hizo su trayectoria y fincó las relaciones que lo mantuvieron hasta ahora al frente de la CNS. Las más importantes, las que tejió en el sexenio pasado con el entonces secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna.

Aunque terminó por darle forma a un menguado cuerpo de Gendarmería como un apéndice de la PF, muy lejos de lo propuesto por Peña Nieto, su salida de la CNS era esperada desde el 11 de julio pasado. Su destino burocrático quedó marcado ese día, cuando el narcotraficante sinaloense Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, se escapó del penal de máxima seguridad del Altiplano.

Peña tardó mes y medio en reemplazarlo, a pesar de que la responsabilidad de la fuga cayó directamente en Rubido, como responsable del Órgano Administrativo Desconcentrado de Prevención y Readaptación Social, encargado de la administración y vigilancia de los penales federales, y por su cercanía con Ramón Pequeño, el entonces responsable de la División de Inteligencia de la Policía Federal y quien tenía la tarea de monitorear las celdas de los penales federales.

Por su experiencia, y sobre todo por la información, no sería raro que Rubido se mantuviera en el servicio público. No faltará un gobernador, como el poblano Rafael Moreno Valle, que lo quiera tener a su lado, como lo ha hecho con otros exfuncionarios cercanos a García Luna.

Renato Sales Heredia, hasta ayer el titular de la Coordinación Nacional Antisecuestro, otro de los órganos desconcentrados de la secretaría de Gobernación, tiene por principio la tarea de desmontar la estructura de control policial que viene desde el sexenio pasado y que el gobierno de Peña Nieto ha mantenido hasta ahora.


De lo que su jefe, el inamovible secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, lo deje hacer, dependerá su permanencia en la CNS; además, claro, de sus propias acciones y omisiones.

FUENTE: PROCESO.
AUTOR: JORGE CARRASCO ARAIZAGA.