lunes, 12 de enero de 2015

VERACRUZ: LOS FRUTSIS Y LOS MUERTOS DEL GOBERNADOR

Gregorio Jiménez de la Cruz había tomado café antes de salir de casa, en su coche blanco, a dejar a los niños a la escuela. A su regreso, que no dilataría más de 15 minutos, le esperaba un desayuno completo para iniciar la jornada y comenzar a llamar a los contactos, ir a la agencia del Ministerio Público y estar pendiente de los sucesos del día para tomar datos y foto oportunas.

Al regreso, ni si quiera había bajado del coche en Villa Allende, Coatzacoalcos, cuando un grupo de pistoleros que lo esperaba a distancia le cerró el paso.

Tapados de la cara, armas largas y pistolas escuadra a la vista, preguntaron por el periodista. “Yo soy el efectivo, yo soy el efectivo, jefe. No le haga nada a mi familia”, respondió Goyo y en vilo fue esposado delante esposa e hijos. Una de ellas intentó defenderlo pero fue golpeada y amenazada. Goyo, hombre de paz, rogó a los delincuentes que no los lastimaran.

Esa súplica y acto de valor fue lo último que su familia vio y escuchó del reportero desaparecido la mañana del 5 de febrero de 2014.


Seis días después, oficialmente, Goyo se convertía en el periodista número 10 asesinado en sexenio del priísta Javier Duarte de Ochoa.

Durante el duartismo, Veracruz se ha vuelto el peor estado para ser reportero. Así lo indican organizaciones como Artículo 19 de Londres, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y el CPJ (Comité para la Protección de los Periodistas), entre otras.

Veracruz es, en el plano internacional, sinónimo de tortura, acoso, muerte y desaparición a los reporteros. Si en Mogadiscio, una de los lugares más violentos del mudo, a los viajeros lo primero que les ofrecen es una pistola en venta o los servicios de guardaespaldas; en Veracruz, los corresponsales de medios internacionales, de plano, ni si quiera desean venir. Si lo hacen, es por horas; reportean historias y antes de que la noche caiga ya están trepados en un avión para escribir desde la Ciudad de México.

Además de muerte de periodistas, Veracruz es tierra de reporteros desplazados y desaparecidos por el contexto de violencia y las pocas garantías de protección. Andrés Timoteo y Miguel Ángel López Solana, dos ejemplos. Ambos se marcharon del país por amenazas directas contra su integridad. Han pasado meses y años sin poder ver a sus familias. Lejos del hogar, de las fechas importantes, sin poder llegar a México si quiera para llevar a sus amigos, al panteón, una corona de flores el día 2 de Muertos.

En lo referente a la procuración de justicia para los caídos, el panorama no es nada alentador. En Veracruz persiste la impunidad y en los casos de asesinatos de reporteros en los cuales hay detenidos, los procesos legales se han manejado de forma irregular, bajo sospecha de violación a los derechos humanos de los inculpados y el encarcelamiento de chivos expiatorio que, tarde o temprano, recobrarán la libertad.


NOEL LÓPEZ OLGUÍN

En su natal Jáltipan le conocían por su activismo social. Andaba en un cochecito viejo, remendado con pasta de laminador por varios costados, al cual le había colgado una lona con los números de la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA) y de la Secretaría de Marina Armada de México (SEMAR) en los cuales invitaba a efectuar denuncias anónimas contra los narcomenudistas y secuestradores.

Noel López Olguín también usaba ese coche para ir a reportear por las calles de Jáltián -ubicada a 40 minutos del puerto de Coatzacoalcos- y a la zona rural. Sus notas las escribía para Semanario Horizonte, Noticias de Acayucan y Semanario La Verdad. Notas incendiarias y llenas de indignación por el incremento de la delincuencia. Notas en donde apelaba a los valores ciudadanos y a la familia para rescatar a la sociedad.

En marzo de 2011, Noel López Olguín ya era un dolor de cabeza para el cártel criminal de Los Zetas en el sur de Veracruz, que mandó a uno de sus peores sicarios para silenciarlo. Alejandro Castro Chirinos, El Dragón, levantó al reportero y se lo llevó con rumbo a Chinameca. Lo torturó, le dio muerte y lo arrojó en una fosa clandestina. Antes le quitó su cámara y pertenencias personales.

Cuatro meses después, y por pura suerte, las autoridades dieron con El Dragón en la ciudad de Coatzacoalcos. Drogado, armado con fusiles de asalto y pistolas “mata policías -capaces de atravesar el blindaje de un chaleco antibala- fue llevado ante el Ministerio Público. Entre lo decomisado, había una cámara semi profesional con fotos del periodista desaparecido en Jáltipan. Antes de asesinarlo, El Dragón le pidió que lo enseñara a usarla y le disparó varios clics al reportero sometido.


MIGUEL ÁNGEL LÓPEZ VELASCO

“Milo Vela” -su seudónimo- es el reportero con más fuentes en el puerto de Veracruz y escribe en Notiver“, contaban sobre la leyenda de Miguel Ángel López Velasco. Bajo de estatura, pelo entre cano, labios gruesos y salidos. Pelo siempre corte cepillo, casi como militar. Invariablemente ataviado a estilo vaquero y con cachucha. Educado, pulcro en el habla, cuando se le tenía de frente, no evidenciaba ser la persona que escribía con tanta furia y estilo duro la columna más consultada del Notiver, “Va de Nuez”.

A penas recibía una alerta la radio y sopesaba una gran noticia, se transformaba de cordero a lobo. Se aguzaba y daba órdenes puntuales y avisos para no perder la foto ni el testimonio de primera mano. Milo Vela entraba a trabajar a las 11 de la noche al Notiver y se iba casi a las seis o siete de la mañana del día siguiente. “Durante la madrugada es cuando se dan los mejores hechos para sucesos”, solía decir al justificar que Notiver cerrara edición lindando a las seis de la mañana para “pescar lo último de la noche”.

Días antes de su muerte, Milo andaba contento. Se había hecho de una bicicleta para trasladarse a su trabajo en un intento por bajar la panza. Y lo estaba logrando. Con kilos de menos, se enfundaba en unos pantalones topeca los cuales lucía como mozuelo de 20 años.

La muerte no lo dejó seguir más ese 20 de junio de 2011. Un comando armado -en realidad un comando- derribó la puerta de su casa. No había protecciones, ni alarma ni sofisticados sistemas de seguridad. Los asesinos se colaron y abatieron a Milo en un intento por defender a su esposa, Agustina Solana, y a su hijo, Misael Lopez Solana.

Por este delito, el gobierno veracruzano culpó a un ex oficial de Tránsito municipal, Juan Carlos Carranza Saavedra, quien presuntamente había pasado de ser un simple traficante a jefe de una estructura criminal. Había diferencias personales con Milo, alegaron las autoridades y no reconocieron su trabajo como posible motivo del ataque. Tiempo después, en calles de Zapopan, Carranza, El Ñaca fue abatido en un complejo residencial donde supuestamente se encontraba custodiando a un alto jefe del Cártel de Jalisco Nueva Generación.


MISAEL LÓPEZ SOLANA

Le gustaba su apodo, Guizmo. Lo presumía y sugería que lo guardaran así en el directorio telefónico. No pasaba de los 25 años cuando fue topado por la muerte en su casa, con su padre y madre, Miguel Ángel López Velasco y Agustina Solana. Escribir se le daba poco, pero la fotografía era su pasión.

Recuerdan los reporteros de la vieja guardia en Veracruz a un chiquillo que, cargando una cámara, iba con su papá a cubrir sucesos, era Milo Vela con su hijo Misael, al que le daba una reflex y alentaba a aprender el oficio para heredarle un medio conque ganarse la vida.

Misael aprendió a tomar fotos y a pocas cosas les temía. Pese a su corta edad, era parte de la planilla de reporteros de nota roja de Notiver y su jefe era Milo Vela, quien le repartía regaños y no le daba ninguna concesión.

Travieso, gustaba hacerle bromas a sus compañeros. El mejor regalo de los últimos días vida, el teléfono iPhone. Fue de los primeros periodistas en el puerto en encontrarle todas las ventajas para su trabajo y esperaba explotarlas todas. No lo dejaron.


YOLANDA ORDAZ 

Morena, de cara dura y carácter igual. Siempre andaba con las uñas arregladas y en zapatillas. Nada de eso le estorbaba cuando cubría la nota roja. Lo hizo por más de 20 años en el Notiver. Egresada de la facultad de Periodismo de la Universidad Veracruzana, fue levantada al salir de su casa rumbo al trabajo en el infonavit Los Volcanes. Dos días después, decapitada, torturada, la abandonaron detrás del diario Órale en Boca del Río. “Los amigos también traicionan, atentamente, Carranza”, decía la pancarta dejada junto a su cadáver la madrugada del 26 de junio de 2011.

No hubo velorio en Veracruz. Ni honores en el Notiver. Tampoco emotiva despedida. Su familia viajó de Oaxaca a Veracruz cuando supo del secuestro, y penas la entregaron en el Servicio Forense, la echaron en una carroza y la llevaron de regreso.

Se murió “La Señora”, como le decían sus compañeros, los que la respetaban por su genio y reconocían por su nobleza, la que se fajaba en los tiroteos y no se preocupaba por el maquillaje corrido en medio del fragor de las balas, el aroma a pólvora quemada y el peste peculiar de la sangre fresca y la carne putrefacta entre la cual debe andar el reportero en Veracruz.

La misma a la que ligaron a Rolando Veyta, El Manitas -antiguo Jefe Zeta- y a otros delincuentes por medio de unos videos subidos a internet y los cuales la Procuraduría veracruzana empleó para acusarla de vínculos con la delincuencia. A la fecha, el crimen está impune y el gobierno tampoco ha comprobado de manera puntual esos presuntos nexos.


REGINA MARTÍNEZ

Corresponsal del semanario Proceso, al que arribó tras picar mucha piedra y mandar y mandar notas críticas contra el gobierno veracruzano, el imperio de los caciques, los abusos a indígenas, la lucha de las organizaciones campesinas, “Regis” fue encontrada muerta en su casa, el 28 de abril de 2012. Golpeada, señales de asfixia. La culpa se la echaron a dos hijos de la calle. Un seropositivo y otro ladrón de poca monta con quienes la vincularon amorosamente.

Las autoridades veracruzanas hablaron de una Regina Martínez fiestera, con una doble vida, en medio del desorden por la bebida y por la pasión. Versiones que no cuajaban con la viva que ella siempre llevó, lejana de los reflectores y el protagonismo innato del reportero. Una Regina Martínez que no celebraba nada, ni su cumpleaños. Que llevaba una vida religiosamente apegada al trabajo y a mantener su intimidad muy lejos. Hasta de su familia, tanto,que al día siguiente de su muerte, pasado mediodía, su cuerpo no había sido reclamado. Unos sabían que era del municipio de Gutiérrez Zamora otros que de Papantla otros más decían que de Martínez de la Torre, pero las autoridades ni sus amigos daban con rastro de alguno de su familiares para efectuar el trámite ante el SEMEFO. Sus restos los llevaron a la funeraria ya pasada la tarde, después de contactar a un hermano que tenía meses de no saber de ella.

Los dos presuntos asesinos motivados por el robo: Jorge Antonio Hernández Silva, El Silva, y José Adrián Hernández Domínguez, El Jarocho. En las pesquisas, se adelantó que ella los conocía y constantemente convivían bajo su techo. Versión rechazada por la revista Proceso, y su fundador, Julio Scherer, en el último viaje que hizo a Veracruz antes de su muerte, así como por el Poder Judicial del Estado de Veracruz, al cabo que ordenó la liberación de uno de ellos, El Silva -El Jarocho sigue prófugo-, y un año después lo volvió a detener la Procuraduría veracruzana en Tlaxcala en medio de un proceso judicial viciado, pues también persisten los señalamientos de que sus derechos humanos no fueron respetados y su confesión se logró por medio de la tortura.


GABY y MEMO 

Gabriel Huge estaba curtido en adrenalina. Siempre traía el Nextel en altavoz y el tanque de su motocitleta a tope dispuesto a cruzar Veracruz de un extremo a otro entre atajos que sólo él conocía para llegar antes que nadie a donde se daba la noticia. Le decían El Mariachi porque al comenzar en el periodismo cargaba una reflex, pesada, vieja, oxidada, dentro de un estuche como el empleado por Antonio Banderas en su personaje de la película Pistolero (1995, Robert Rodríguez), y los compañeros lo tomaban a chunga. Al paso de los años, se ganó el respeto y admiración de la mayoría y llegó a ostentar una especie de liderazgo entre policiacos. Delegados de cooporaciones políciacas, MP’s y jefes de la policía se reportaban con Mariachi cuando tenían una información de interés noticiosa. Pese a que solo tomaba fotos, contaba con una amplia influencia en la zona conurbada. Era muy querido entre sus compañeros, pues siempre ayudaba sin interés cuando se trataba de algún abuso por parte de autoridades policíacas o de tránsito.

Al iniciar la guerra contra el narco, de Felipe Calderón, Gabriel Huge llegó antes que nadie a la escena en donde unos policías federales habían ejecutado a un presunto pistolero. Huge tomó las fotos del antes y después de que los oficiales sembraran un arma para justificar el uso de la fuerza letal contra un grapero que presuntamente intentaba escaparse de la detención. Los cuatro policías federales implicados terminaron tras las rejas y Huge tuvo que sortear una campaña de acoso la cual libró por el respaldo de Milo Vela.


Lo que no pudo librar Gabriel ni en su veloz motocitleta fue la muerte. Sin empleo, durante unos ocho meses anduvo fuera de Veracruz. Buscó trabajo en Tabasco, en Poza Rica, en Xalapa. En ningún lugar le daban empleo como reportero, cuando mucho, le tenían a prueba unos días y después le daban las gracias. En Tabasco laboró como guardia de seguridad para una empresa de cable pero no soportó la tentación y regresó a Veracruz, donde su sobrino consentido, Guillermo Luna, ya había ingresado a colaborar en medios locales tomando fotos y redactando notas.

Con solo la carrera ténica en el Conalep, sus sobrino, Guillerno Luna soñaba con ser igual de fregón en la policiaca que su tío. Había crecido con los triunfos de Mariachi en la primera plana de Notiver y buscaba emularlo.

No sabía quizás, que el mundo de su pariente comenzaba a derrumbarte por el temor tras la muerte de Milo Vela y de su compañera, Yolanda Ordaz.

“Había veces en que, cuando venía a casa, unas tres cuadras antes, llamaba para que le abrieran el portón y entrar a toda carrera con la moto”, cuenta un familiar. Huge ya olía el peligro.

Dos días antes de su muerte (3 de mayo de 2012) entregó a una hermana las llaves del coche y la cámara fotográfica, también pidió que cuidaran a sus hijos. Ese mismo día, Guillermo Luna abandonó la cobertura de un accidente y se marchó. No dijo a donde. Después de eso, no respondieron llamados. Horas después, sus restos fueron sacados de un canal de aguas negras en el puerto de Veracruz.

Por sus asesinatos, no hay culpables. En agosto de 2012, la SEMAR apresó a Isaías Flores Pineda, alias El Maniaco, ex elemento de la Policía Intermunicipal Veracruz-Boca del Río. Se le acusó de encabezar un grupo delincuencial, y además, de haber dado muerte Gabriel Huge, a Guillermo Luna, a Irasema Becerra y a Esteban Rodríguez.


Aunque al momento de la consignación ante las autoridades, solo le imputaron delincuencia organizada y otros delitos del fuero federal. No el homicidio de los fotoperioriodistas. Además, la esposa de El Maniaco o Cronos, Claudia Merina Tamariz, arrestada el mismo día, sostiene un juicio de protección a derechos humanos violados por el personal de la SEMAR que la torturaron y la violaron para incriminarse, por lo cual el proceso está en entredicho.

ESTEBAN RODRÍGUEZ

Egresado del Conalep, colaboró en diario AZ de Veracruz, Notiver y Tv Azteca desde la nota roja. Era un animal nocturno pues le fascinaba cubrir sucesos por la noche. Libre el tráfico de la ciudad para correr sin complicaciones. A casi 40 años, traía la alegría de un niño y el ánimo del jarocho bullanguero y vacilador. Cuando se lo llevaron, el mismo 3 de mayo de 2012, se encontraba en casa. Trabajaba ayudando a un hermano en un taller mecánico. Llevaba varios meses sin empleo pues fue echado -por órdenes de los dueños- de sus medios de comunicación cuando comenzó la ola de sangre contra periodistas. Andaba en busca de ingresar como soldador en la planta nucleolectrica Laguna Verde. Necesitaba ingresos para sacar adelante a su familia, pero sus planes fueron cancelados por los asesinos. “No queremos que le hagan escándalo, a penas les entreguen el cuerpo, lo llevan a enterrar”, avisaron a la casa de Esteban Rodríguez llamados ánimos desde el mundo sórdido.


Unas cuantas personas, en el panteón de Veracruz, le dieron el último a dios. Su tumba quedó a unos cuantos metros de la de Gabriel Huge y de la de Guillermo Luna.

VÍCTOR MANUEL BÁEZ CHINO

Una revuelta de camioneros en el puerto jarocho, que peleaban por las rutas, terminó en la detención de numerosos choferes. Uno de los detenidos resultó conocido a los periodistas de Veracruz, “hey, que ese no es chofer, es reportero”, le gritaban a los oficiales que sacaban de “palomita” a Víctor Báez de la zona de los trancazos. Estuvo detenido unos cuantos minutos, a penas se supo que era reportero de la capital del estado, le dejaron ir. “Venía llegando al puerto a una diligencia y me encontré la nota, me disponía a tomar fotos cuando comenzaron los golpes y la confusión, y la policía me pescó también”, contó después al confirmar su compromiso como periodista policiaco frente a la mejor noticia, la que se consuma delante de los ojos.

El seis de junio se le vio sonriente en el puerto de Veracruz, se ganó un coche en la rifa organizada por el Gobernador, Javier Duarte, para congraciarse con el gremio tan golpeado por los asesinatos.

Baéz Chino tenía más de 20 años en la fuente judicial. Y estaba al frente de un proyecto en internet sobre noticias rojas. Soñaba con aglutinar al mayor número de periodistas políciacos en Veracruz. La censura y las amenazas lo truncaron. En su portal informativo, sin embargo, raro era ver noticias de alto impacto, si estaban, eran matizadas. Víctor Báez sabía muy bien los riesgos de informar. Seis días después de haber asistido a ese convivo con el gobernador y colegas de todo el estado, Báez Chino fue llevado por la fuerza en Xalapa y horas después encontrado desmembrado en la capital, con un mensaje firmado por Los Zetas.


Hasta el momento no hay detenidos por este crimen.

FUENTE: SIN EMBARGO.
AUTOR: Ignacio Carvajal.
LINK: http://www.sinembargo.mx/12-01-2015/1215221.

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