martes, 18 de noviembre de 2014

Iguala, pueblo chico infierno grande; Abarca y Pineda, matrimonio del diablo

Nunca se pensó en la magnitud  del infierno y sus administradores en un pequeño municipio mexicano.

Respecto a lo anterior, el diario El País describió: ”Al regidor de Iguala, ahora encarcelado junto a su esposa como autor intelectual de la desaparición (y probablemente, matanza) de los 43 estudiantes de magisterio, siempre le siguió una sombra de terror.

De pelo corto, cuerpo depilado y músculo de gimnasio, le gustaba moverse a solas por una tierra donde los políticos no dan un paso sin un enjambre de escoltas. A veces, al volante de su deportivo gris, llegaba conduciendo sin ninguna protección al Palacio del Gobierno, en Chilpancingo, y ante los otros alcaldes hacía demostración de lo que todos sabían: que él, a diferencia de sus compañeros, no tenía nada que temer”, describió ayer el diario El País.

Y es que luego de que fuera acusado por la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa, en el municipio de Iguala, Guerrero, las historias en torno al edil -que ahora se encuentra preso en el penal del Altiplano, ubicado en el Edomex, por el delito de delincuencia organizada- como “un pequeño déspota, tajante en sus respuestas y con dificultades para enhebrar un razonamiento complejo”.

Abarca Velásquez respondía como cualquier funcionario público: “contestaba que todo iba bien”. Sin embargo, cuando se trataba de asuntos complejos donde el no conocía el contexto, decía no saber absolutamente nada como fue el caso del asesinato del activista Arturo Hernández Cardona, líder de la Unidad Popular, el 1 de junio de 2013; así como los cadáveres de seis personas, cinco muertos a balazos y otro desollado, se trata de Julio César, quien tenía pocos días de haber sido padre.

El reportero Jan Martínez señaló en su reportaje que después de estos eventos: “Nadie duda de que en su huida recibieron ayuda de Guerreros Unidos. Una organización salvaje, surgida del colapso del imperio de Arturo Beltrán Leyva, el Jefe de Jefes, e íntimamente conectada a su esposa. Dos de sus hermanos, Alberto y Mario, habían hecho carrera en el narco.

Agregó: “Empezaron a principios de 2000 en Guerrero, como pequeños vendedores de droga, pero poco a poco ascendieron en la escala del crimen hasta que el cartel de Sinaloa, en aquellas fechas en manos del Chapo Guzmán, les abrió las puertas al tráfico de cocaína procedente de Colombia y Venezuela. Cumplido este cometido, recibieron un encargo más venenoso: abrir una sucursal de sicarios en Guerrero para enfrentarse a la expansión de los Zetas y la Familia Michoacana. El resultado fue el embrión de Guerreros Unidos“.

Respecto al poder que adquirió María de los Ángeles Pineda Villa -ligada en sus apellidos al grupo delictivo Guerreros Unidos, escisión de los Beltrán Leyva- refiere que “día a día” Abarca fue “cediendo el terreno a su esposa”.

“La primera dama de la ciudad de provincias venía con hambre de poder. Ella era la que aparecía en las fotografías en primer plano, ella era la que, como recuerdan algunos concejales, entraba en las reuniones y daba las órdenes. Calculadora y dominante, empezó a preparar su asalto a la alcaldía. Ocupó la presidencia de un organismo público, Desarrollo Integral de la Familia (DIF), logró ser elegida consejera estatal del PRD y su próximo paso era presentar la candidatura (…) La pareja exigió a la policía municipal, un brazo armado del cartel, que impidiese que reventasen el acto. La orden devino en locura. Los agentes atacaron a sangre y fuego a los estudiantes. Los que no lograron huir fueron detenidos y, según la fiscalía, conducidos a manos de los liquidadores de Guerreros Unidos. En un vertedero, con la precisión que dan años de práctica, se les ejecutó e incineró”, apuntó.


Concluyó: “Pero la pareja no se alteró. Aún tuvo tiempo para pedir su baja del cargo y abandonar Iguala con tranquilidad. Durante más de un mes su paradero fue un misterio. En la madrugada del 4 de noviembre fueron capturados en una desdentada casa del barrio de Iztapalapa, en la laberíntica Ciudad de México. Dormían sobre un colchón hinchable. Él estaba demacrado; ella, maquillada y nerviosa. Desde entonces, han negado cualquier implicación en los hechos. Como tantas otras veces, aducen que no saben nada”.

FUENTE: REVOLUCIÓN 3.0
AUTOR: REDACCIÓN.