viernes, 21 de febrero de 2014

El peso de México para Estados Unidos

FUENTE: PROCESO.
AUTOR: JUAN CARLOS ORTEGA PRADO (ANÁLISIS)

MÉXICO, D.F. (apro).- ¿Qué tanto le importa México a Estados Unidos? Poco, es la respuesta que salta a los labios. Sin embargo, esto puede a) ser falso, o bien, b) ser bueno.

Tal dicotomía puede empezar a entenderse gracias a la cumbre realizada en Toluca, en la que participaron los mandatarios Enrique Peña Nieto, Barack Obama y Stephen Harper. La reunión trilateral dejó una riada de promesas, ya se sabe: Un programa de viajeros confiables, una conferencia energética, fomentar el intercambio educativo y ampliar el comercio, entre las más destacadas.

Ahora bien, promesas como las antedichas no pueden dar pie a un optimismo que vaya más allá de la duda razonable, por varias razones: México no logró los objetivos que perseguía; buena parte de los proyectos pactados en reuniones de alto nivel suelen olvidarse o tergiversarse; la coyuntura supera las buenas intenciones, y las cumbres de mandatarios tienen un notorio componente propagandístico y de imagen (son un fin en sí mismas: basta con que se realicen para tildarlas de exitosas).


Esto significa que incluso en una cumbre particularmente productiva se logran pocas cosas. La causa de fondo es que los países sólo se ponen de acuerdo (proceso enormemente costoso) cuando están muy motivados: situaciones de emergencia, electorales o de clara ganancia económica. Es más redituable fingir que se ponen de acuerdo o hacerlo en temas poco importantes.

Y eso es justamente en lo que falla México: no logra llevar a los otros países a situaciones en las que se vean obligados a dialogar y conceder. La agenda que se impuso en Toluca favorece más a las potencias (energía y comercio) que a nuestro país, que se quedó con un palmo de narices en su única solicitud puntual: abolir la visa hacia Canadá.
La cumbre tuvo, además, un aspecto particularmente triste. Dio la impresión de que a los invitados no les importaba: El premier canadiense informó en Twitter que pese a la reunión se las arreglaría para ver un partido de hockey en Sochi; Obama, por su parte, “estuvo poco más de ocho horas en México, una menos que las nueve horas que duró el vuelo redondo de Washington (a Toluca), y mucho menos tiempo que el que dedicó el fin de semana a su juego de golf en California”, según consignó el diario The Washington Post.

“Obama encontró tiempo para llamar por teléfono al primer ministro de Turquía para hablar de la creciente presencia del terrorismo en Siria, emitir una declaración para resaltar las acciones tomadas por la empresa Gap Inc. por aumentar a 10 dólares el salario mínimo que paga a algunos de sus empleados, para más tarde en la conferencia de prensa abordar el tema de la violencia en Venezuela” y para pronunciarse sobre la situación en Ucrania, reseña el rotativo.

Además, el comunicado conjunto estaba redactado de antemano (proceso.com.mx/?p=365392).

Por razones evidentes, negociar con el gobierno estadunidense es más importante que con el canadiense. Es una cuestión de supervivencia. Si no se obtiene lo imprescindible de la Unión Americana el “bienestar” mexicano peligra. Por imprescindible no sólo entiendo productos y dinero, sino ante todo respeto a nuestro proyecto de nación. Este último requerimiento no es retórico, sino central: Washington tiene grabado en sus genes el intervencionismo político, militar y financiero. Como todo imperio, ése no se explica sin la necesidad de avasallar e imponer su visión del mundo.

México tiene que evitar eso. Y en ese contexto tiene cuatro opciones: someterse (lo que se ha hecho casi siempre), apoderarse de la iniciativa en la relación bilateral (pretensión utópica), amurallarse y nadar de muertito (riesgoso), y procurar una mezcla entre las anteriores.

Los Pinos debe entender que su necesidad patológica de acercarse a EU no siempre es la solución. Para codearse con gigantes hay que saber resistir un empellón y regresarlo. Ciertamente, el gobierno mexicano proclama que se deben diversificar los mercados y alianzas, pero nomás no lo hace. Entrega el petróleo del modo que más conviene a los empresarios estadunidenses. Y lo mismo con las telecomunicaciones, y lo mismo con las mineras, y lo mismo con el campo.

Y cuando se necesite México también debe negociar. Saber negociar. Para eso, lo primero es tener claro el abanico de armas diplomáticas a su disposición. No hay ninguna muestra, por ejemplo, de que la embajada mexicana haya intentado organizar a los grupos de migrantes en Estados Unidos. Si supiera movilizarlos tendría un ejército de gente presionando. Tampoco se nota su cabildeo en el Congreso de EU. Como se sabe, hay empresas que logran definir el balance de una votación o el aval a una ley. Bueno, pues México (que es bastante más grande que una trasnacional) no ha logrado que se aprueben leyes que beneficien a los migrantes, pongamos por caso, o el rechazo a productos mexicanos. La diplomacia no se trata de palmadas en el hombro, sino de real politik y presiones bravas.


Así que a México le conviene que Estados Unidos se mantenga muy alejado en ciertos rubros: soberanía, decisión de las políticas económicas, elecciones… y acercarse únicamente cuando haya ventajas que obtener. Es el pragmatismo de la política, que todas las potencias aplican.

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