viernes, 31 de enero de 2014

Hipólito Mora se alzó en armas por los abusos de templarios contra los limoneros

FUENTE: LA JORNADA.
AUTOR: ARTURO CANO.

“Dije: ‘se acabó’’’, cuando el cártel se apoderó de las empacadoras. Afirma no temer que lo maten: que me busquen; si ellos quieren, nos vamos ojo por ojo.

La Ruana, Mich., 30 de enero. A Hipólito Mora no lo secuestraron ni le mataron a nadie. Tampoco le quitaron su huerta ni le violaron una nieta. Sus razones fueron pragmáticas, como suelen ser las que desatan guerras civiles o invasiones extranjeras: “Dije ‘se acabó’ cuando (los templarios) se apoderaron de las empacadoras de limón”.

La gente salía a las huertas antes de amanecer. Pero muchas veces, a las ocho de la mañana, el cártel daba la orden de detener el corte.

Con el poder de las armas, manejaban nada más el limón de ellos para que el precio se mantuviera alto, sin importarles que a nosotros nos estuvieran matando de hambre. Las empacadoras estaban para ellos nada más.

Hipólito Mora rumió su coraje en sus 15 hectáreas de limoneros durante meses, los mismos que tardó en convencer a cuatro personas, porque nadie se animaba.

Y fue el primero en levantarse en armas contra los templarios, el Día de la Bandera de 2013, tres horas antes que sus vecinos de Tepalcatepec.

La víspera del primer aniversario del alzamiento, Hipólito Mora –58 años, gafas, playera sencilla, sombrero y huaraches– es la autoridad en un pueblo donde no hay otra.

Se le puede encontrar a la entrada de La Ruana –que oficialmente lleva el nombre del socialista yucateco Felipe Carrillo Puerto–, bebiendo limonada mientras atiende a periodistas y a lugareños que acuden a solicitar su ayuda.

Es de risa fácil y sabiduría campirana: “No crean que soy buen investigador ni nada. Yo nada más dije: ‘chingue su madre y vámonos, háganse bolas y el que se quiera unir, únase’”.

–¿Cuánta gente lo siguió de inmediato?

–Seríamos unos 250. A esos pinches sicarios yo sentía que solo los sacaba. Pero sabía bien que si lo hacía, iban a llamar a cientos de cabrones de otros pueblos y me iban a dar en la madre. Entonces era imposible que los enfrentara solo. Por eso invité al pueblo y salió bien todo. En lo único que me equivoqué es que yo no creía que fuera a crecer tanto esto.

Si no se hubieran metido con los honestos, seguirían vigentes

La gente que tiene algún problema en esta zona ya no va a ver al presidente municipal (ni hay), ni a la policía (tampoco hay), sino a don Hipólito. A su lado, un anciano espera. Mora coge su teléfono celular y habla con el comandante Patancha: Te lo mando con su asunto. El viejo se va, agradecido.

–¿Aquí hubo mucha gente beneficiada por los templarios?

–No mucha. La gente que resultó afectada con este movimiento son enemigos míos ahorita, aquí mismo, en La Ruana. Se afectaron sus intereses, eso fue. Pero si ellos no se hubieran metido con los honestos, todavía estarían vigentes.

En las barricadas, el grito más repetido de las autodefensas es que detengan a las principales cabezas de los templarios. Pero Mora dice que con tres o cuatro que detengan no se termina esto. Manda pedir un diagrama de las líneas de mando de los Caballeros templarios, con todo y fotos. Con ese papel quiere demostrar que siempre habrá un jefe menor para sustituir al apresado o abatido.


Le pongo el ejemplo: si me matan a mí, no se va a terminar esto. Hay muchos detrás de mí. Así es también la organización esa. Si matan a tres o cuatro, no. Necesitan más todavía.

–¿Qué se necesita entonces?

–Darles duro hasta que los terminen.

–Algunos comandantes de las autodefensas elogian a la Policía Federal y se quejan del Ejército.

–Tenemos puntos de vista diferentes. A pesar de que el gobierno no hizo su trabajo durante 10 o 12 años, yo aún sigo confiando. Todos merecemos una segunda oportunidad.

A Felipe Calderón le dio hasta una tercera, porque todavía elogia la manera en que combatió a los cárteles, aunque hace unos años se fue al Distrito Federal y anduvo dando vueltas por Los Pinos. No pudo entrar ni a la oficialía de partes.

Un ejército de pobres

Con el vientre abultado, su barba rala y encanecida, el iniciador de las autodefensas dice que cuando los templarios se hicieron de los empaques de limón afectaron a todos: “El pobre no tenía para darle de comer a sus hijos ese día. El rico tenía que sacar su ahorro debajo de la camita. Pero la gente que anda aquí conmigo es pura gente pobre, ninguno rico. Aquí en el movimiento que represento yo no anda ningún grande.

–En algunos lugares los ricos financian el movimiento. Hasta les pagan a sus peones para ser autodefensas.

–Pues otros movimientos tienen la suerte de que traen ricos, nosotros no. Fuimos los primeros, pero se nos ha puesto difícil porque ya va para un año y todavía no nos completamos de armas.

–¿Cómo se adoptan las decisiones en las autodefensas?, ¿quién manda?

–Orita mucha gente. Al principio era yo nada más, y otros amigos míos aquí y en Tepeque (Tepalcateec), que nació el mismo día que nosotros. Ahorita ya hay muchos coordinadores, muchos líderes. Se va a oír mal lo que tengo que decir, pero tengo que decirlo: cada quien conduce su grupo como cree que está bien. No siempre estamos coordinados.

–¿Cómo deciden los avances entonces?

–Nos reunimos, acordamos, pero hay cosas en las que no. Padre de 11 hijos –cinco de ellos residen en Estados Unidos–, Hipólito Mora nunca tuvo miedo. Menos ahora, a pesar de que sabe que los templarios que huyeron y otras personas de la región me quieren matar. Me tiene sin cuidado, que chinguen a su madre. Y que me busquen, ya saben dónde vivo, dnde paso y yo sé dónde viven ellos aquí. Nos vamos, si ellos quieren, ojo por ojo.

Ojalá nadie se convierta en paramilitar

En los 11 meses recientes Hipólito Mora ha salido pocas veces de La Ruana, y casi siempre en helicóptero. A mediados de enero, la Policía Federal lo llevó a la ciudad de México, a que lo trataran en el Instituto Nacional de Cardiología. Narra que el director lo apapachó y les dijo a sus colegas: Atiendan a este señor bien, porque no tienen idea de quién me acaba de hablar personalmente para decirme que lo atiendan. Estaba feliz de que esa persona le hubiera hablado.

Como casi no sale de La Ruana, algunos se extrañaron de verlo a principios de semana en Tepalcatepec, a donde fue a firmar con el gobierno la legalización de las autodefensas.

Cómo no iba a venir si es el mero verraco, dijo un comandante mientras lo apretujaba en un abrazo.

–Oiga, muchos dicen que existe el riesgo de que ustedes terminen en paramilitares.


–Sí, eso dicen. Me hablan de Colombia a cada rato. Yo le pido a Dios que no vaya a pasar.