viernes, 20 de diciembre de 2013

"Si ven a esas chiquitas de 10, 11, 12 años prostituyéndose, no volteen a otro lado"

FUENTE: LA JORNADA.
AUTOR: BLANCHE PETRICH.

María de Jesús narra el drama de su niña, quien hace nueve años fue secuestrada para trata. La Caravana de mujeres que buscan a sus hijos se manifiesta en 20 plazas de Tapachula. Se calcula que en esa ciudad chiapaneca cada noche son comercializadas cerca de 2 mil mujeres, dice ex policía.

Tapachula, Chis. María de Jesús Silva Velázquez advierte: Si ven a una niña que pueda ser víctima de trata, sepan que no basta con ir a la policía a denunciar, porque puede ser que la propia autoridad sea parte del negocio que comercia con las niñas. Mejor busquen a organizaciones para que los acompañen, pero no sean indiferentes; hablen, no callen.

Eso repetía cada vez que le tocaba su turno en el uso de la palabra en una veintena de plazas públicas donde se manifestó a su paso la Caravana de Madres Centroamericanas en Busca de sus Hijos.

Ahora lo decía, sacudida por el llanto, en la plaza central de Tapachula, que podría llamarse la ciudad de las niñas perdidas, un polo de comercio sexual y trata de menores y jóvenes centroamericanas; una ciudad donde hay 15 zonas de tolerancia (sólo una autorizada, donde la administración municipal reparte los llamados carnets de sexoservidoras). 



Hay más de 3 mil cantinas, bares y expendios de bebidas. En 2006 había mil 500. Una población donde se calcula que cada día, cada noche, son compradas y vendidas, sin cesar, cerca de 2 mil mujeres, de las cuales 90 por ciento son centroamericanas.

De este universo, 90 por ciento son hondureñas, y entre 20 y 30 por ciento son menores de edad. Estos son los cálculos de Luis García Villagrán, un ex policía federal que pasó 12 años en prisiones de máxima seguridad acusado falsamente de secuestro. Luego de elevar su caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, fue liberado con un perdón oficial. Desde qué volvió a Tapachula se dedica a la investigación y defensa de víctimas del crimen organizado.

A la misma hora en que María de Jesús expone en el parque el drama de su vida, a dos cuadras de ahí, entre las calles 12 y 14, operan varios de los llamados bares diurnos. En sus puertas esperan clientela cuatro niñas excesivamente maquilladas y vigiladas. Imposible tomarlas por adultas.

No lo hacen porque quieren

María de Jesús es nicaragüense, 41 años, color canela y ojos como brasas. A nadie deja indiferente con su discurso apasionado. Si ven a esas chiquitas de 10, 11, 12 años prostituyéndose, no piensen que lo hacen porque quieren o por dinero. No volteen para el otro lado. Pónganse a pensar... podría ser mi propia hija.

Su hija es Jaqueline Silva Girón, a quien busca por todos los rincones de las líneas divisorias centroamericanas desde hace nueve años. Entre los casos de personas desaparecidas que indaga la caravana hay varias jovencitas que se presume que al migrar pudieron haber caído en la telaraña de las mafias de proxenetas en la frontera.

Pero el de María de Jesús es quizás el único que no se refiere a un migrante. Jaqueline fue una chica muy linda a los 11 años. La foto con la que su madre la busca es de cuando ganó un reinado de belleza escolar. Luce un vestido de fiesta. Fue secuestrada hace nueve años por tratantes en una playa de su natal Chinandega, explotada en Honduras, comprada y vendida de una frontera a otra. Los expedientes más recientes de Interpol la ubicaban en 2005 justamente en los negocios de comercio sexual en Tapachula. Hoy tendría 20 años, toda una vida de esclavitud.


María es empleada doméstica en Costa Rica. Por ahora abandonó el trabajo para incorporarse a la caravana y no sabe si recuperará el empleo o siquiera el permiso de trabajo. No es la primera vez que se lanza en búsqueda de su hija. Lo hizo muy al principio. En Tapachula trabajó en bares y prostíbulos, donde experimentó la humillación de ver a hombres bebiendo y pagando por mirar a las chiquillas subidas en una tarima, desnudándose para ellos. Sabe con precisión lo que pasa en las trastiendas de centenares de establecimientos que, en su parte frontal, lucen un cartel de la Fiscalía de Delitos Cometidos Contra Inmigrantes (Fedcci), dependiente de la Procuraduría General de Justicia del Estado.

En Ixtepec pasó meses en el albergue de migrantes que dirige el padre Alejandro Solalinde, indagando entre miles de centroamericanos de paso y escuchando historias tan terribles que la llevaron a una crisis nerviosa. Ha sido un sabueso que llegó a lograr más pistas que cualquier policía de la región.

Incluso pudo cazar a una de las enganchadoras que raptaron a su niña, Esmeralda Mendoza, quien fue procesada en Honduras por trata. Después de confesar su crimen fue indultada.

“La policía de Nicaragua lo primero que me dijo es que se había ahogado en la playa; que me olvidara de ella. No les creí. En un autobús, una señora me dijo que la había visto en la frontera con Honduras, que la llevaban en un auto tres hombres, que se detuvieron a comer en la carretera y que la niña nunca alzó la cara. Otra pista me la dio una muchacha, Marta, sexoservidora, quien me habló de Esmeralda por primera vez. Ella me guió a la frontera con El Salvador, donde había cada vez más pistas. La dueña de un bar me lo confirmó. Me dijo que esas chiquitas terminan muy apagaditas, pero que la que llevaba Esmeralda sí era ella. De ahí me avisaron que la habían visto en la frontera con Guatemala. Ahí un triciclero me dijo: ‘perdone, mamaíta, pero a esta niña yo la pasé ayer’. La reconoció por los dos chocoyitos (hoyitos) que tiene en las mejillas”.

Se puso a esperar pacientemente hasta que cazó a Esmeralda y dio aviso a la policía. Fue deportada a Honduras, juzgada, sentenciada. Al poco tiempo fue indultada, según la ley local, por haber reconocido su delito. Casi me vuelvo loca, dice la madre. De eso hace ocho años. No deja de buscar. Era una niña muy linda. Ese fue su delito. Por eso fue mercancía buena para los traficantes.

Desde entonces teme que Jaqueline haya pasado por varios tratantes más. Me preguntan si no tengo miedo de seguir. Miedo es el que debe tener mi hija.

Cero arrestos

Tapachula cuenta con el primer comité municipal dedicado específicamente a la trata, destaca Magdalena Solís, coordinadora del área de migrantes del municipio. “Es muy difícil contener el delito de trata porque los pederastas y proxenetas van y vienen a lo largo de toda la frontera. Pero constantemente hay operativos del Instituto Nacional de Migración para aplicar nuestro programa de Diversión Segura”. Pero los resultados hasta ahora son magros. Seis o siete chicas rescatadas, cero arrestos.

Según la nueva ley estatal contra la trata de personas, la explotación sexual y laboral es un delito. Sin embargo, sostiene Villagrán en un estudio preliminar sobre las 15 zonas de tolerancia que se reportan en Tapachula: “Aquí y en ciudades limítrofes la trata es un negocio muy bien aceitado, en el que participan los dueños de estos giros, que hasta tienen un sindicato de propietarios, encabezado por Clodualdo Monzón, con antecedentes penales, precisamente por trata.

En la cadena todos ganan: los encargados de estos lugares; el cliente; los socios amafiados en pueblos de Guatemala y Honduras, donde enganchan, secuestran y extorsionan a nuevas víctimas, así como las autoridades municipales, estatales y federal que se hacen de la vista gorda.

Villagrán tiene su punto de vista: la policía no puede ni va a combatir a estas redes. Como varones que son, son sexualmente activos y consumidores de la prostitución. Esto anula toda voluntad política.


¿Nombres de los enganchadores? Cita a uno, como ejemplo: “El Palomo, perfectamente conocido por la policía guatemalteca y la de aquí. Es el enlace de sus clientes entre Tecún Umán y Ciudad Hidalgo. Tiene vínculos con los narcos mexicanos, que son los que compran a la autoridad para garantizar la operación en impunidad”.