jueves, 28 de noviembre de 2013

1DMx, aniversario de la criminalización de la protesta

FUENTE: REVOLUCIÓN 3.0
AUTOR: ALINA ROSAS DUARTE.

Marinos, soldados y un grupo afín al entonces candidato presidencial, Enrique Peña Nieto, desfilaban en Palacio Nacional la media noche del 30 de noviembre. En cadena nacional, la transición era un éxito, se anunciaba que Felipe Calderón salía de Los Pinos y, con ello, el regreso del Partido Revolucionario Institucional era inminente. Mientras, en las calles, se vivía incertidumbre, entre máscaras anti gases, bombas molotovs, pancartas e indignación, se preparaba la bienvenida de Enrique Peña Nieto, sin saber que Enrique Peña Nieto, también les preparaba una bienvenida.

Nadie durmió esa madrugada en el Monumento a la Revolución, jóvenes de diferentes grupos y organizaciones como #Yosoy132 mantenían una asamblea para decidir los elementos de seguridad que acompañarían la marcha. Unos se retiraron, el discurso de “respetar todas las formas de lucha” no los convenció, argumentaban que se correría peligro una postura indeterminada que como podía permitir gritos, podía permitir artefactos explosivos.

A las dos de la mañana, uno de éstos explotó, el monumento a la Revolución se iluminó; sin embargo, los policías que custodiaban los alrededores nada hicieron, decenas de patrullas se limitaron a esperar a que el contingente juvenil partiera hacia San Lázaro.

Arcos, flechas, resorteras, balines, máscaras anti gases, carritos de mandado y huacales con bombas molotovs, marchaban de madrugada al Congreso de la Unión.

Cuatro, cinco de la mañana, los contingentes comenzaron a llegar, jóvenes de distintas partes de la ciudad, de la zona metropolitana, del país, arribaron a un mismo punto, 400 personas salieron del Monumento a la Revolución, unos convencidos de dejar la vida en las vallas de dos metros de altura en San Lázaro, otros no sabían a qué iban, unos más sólo esperaban que sus hipótesis de una violenta represión, no se convirtieran en reales.

Seis de la mañana, al lado de gente del barrio bravo de Tepito, el primer contingente que partió del Monumento a la Revolución llegó a San Lázaro. Maestros miembros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, de la sección XXII correspondiente a Oaxaca, también lo hicieron.

El acuerdo hecho semanas atrás entre las organizaciones firmantes de la Convención Nacional contra la Imposición, de llegar a manifestarse a San Lázaro, no fue respetado. Muchos de ellos jamás llegaron, los jóvenes y docentes estaban ahí, frente a miles de policías tras una inmensa vaya que custodiaba a los poderes Ejecutivo y al Legislativo del clamor popular.

No daban las siete de la mañana cuando el primer enfrentamiento tuvo lugar, una valla floja y un gancho de metal de tres picos fueron la combinación perfecta para intentar entrar a San Lázaro donde Enrique Peña Nieto recibiría la banda presidencial.

La policía recibió ayuda médica, desde fuera del recinto, se percibía la entrada de ambulancias oficiales que iba por los presuntos seis policías heridos tras las bombas molotovs que se habían lanzado. Entonces, el contingente se replegó.

Otra valla floja, otro enfrentamiento, los gases lacrimógenos impedían respirar, las piedras volaban hacia ambas partes, manifestantes las aventaban, los policías las regresaban, con guantes, tomaban los cartuchos de lacrimógenos para devolverlos a los policías, los toletes servían para proteger sus cabezas y aún así, éstos no detenían el fuego que llovía.

Los gases impedían ver, respirar, saber a dónde correr, los usuarios del transporte colectivo metro podían claramente visualizar el enfrentamiento, el transporte seguía funcionando, y entre los vagones se respiraba y se tosía igual que en la zona de batalla.

Entre las vallas, la desesperación policial se convirtió en represión, las balas de gomas comenzaron a impactarse en los cuerpos de los presentes, en los brazos, en las piernas, en el pecho. Los doctores que atendieron a Francisco Kuykendall dictaminaron el hallazgo de pólvora en su cráneo, Kuykendall, un año después de este hecho, sigue en coma.

Los teléfonos de los #Yosoy132 no dejaban de sonar, por un lado ni el surrealismo de la llamada Batalla de San Lázaro ni el surrealismo de estar atrapados en una estación de metro sin saber si el resto de los jóvenes estaban bien, dio cabida a dimensionar la trascendencia de cada segundo que pasaba.

Los maestros llamaban a no caer en provocaciones, sin embargo, algunos tomaban el micrófono para no dejar solos a los jóvenes que se enfrentaban a las vallas. Un camión de basura se impactó contra éstas y la oportunidad de entrar se abrió. A pesar del impacto, reinó la confusión y el cansancio y la minoría en comparación con los miles de efectivos policiales, impidieron trascender. Llegaron ambulancias, bomberos, sujetos encapuchados no permitían el paso de los mismos “¡déjenlos pasar!” gritaba la gente, pero a oídos sordos, se les impidió acceder a la zona del enfrentamiento.

Del otro lado de los gases lacrimógenos, estudiantes estaban encapsulados a las afueras de metro San Lázaro. Bajo el hashtag #1DMx, decenas de jóvenes custodiados por policías debieron marchar hacia Bellas Artes, no podían atravesar la zona campal donde el resto de sus compañeros se encontraban.

Cerca de las 5 de la tarde, todo había pasado. En el Palacio de Bellas Artes, las detenciones –tras cerca de una hora de destrucción de la Alameda Central y sus alrededores- comenzaron a ejercerse, cerca de 100 detenidos llegaron al Ministerio Público 50, “El Bunker”. Pero se trató sólo de la primera centena de manifestantes encarcelados del sexenio del “nuevo PRI”, de los cuales aún hay quienes enfrentan procesos jurídicos estando en “libertad”.

El primero de diciembre llegó el PRI y sus protocolos de represión. A un año, sólo se puede conmemorar el primer aniversario de la criminalización de la protesta, no del PRI, pero sí de Enrique Peña Nieto.