miércoles, 2 de octubre de 2013

Todos los reclamos del movimiento de 1968 se cumplieron: hijo de Echeverría

FUENTE: ARISTEGUI NOTICIAS

"El error no está en los gobernantes, sino en nosotros, que seguimos esperando que nuestros líderes sean impolutos y que cada Presidente sea una nueva pirámide que se construye sobre la otra", sostiene Benito Echeverría Zuno.

Benito Echeverría Zuno, penúltimo hijo del matrimonio de Luis Echeverría –ex presidente y ex secretario de Gobernación-, y María Esther Zuno, habló sobre la actuación de su padre, en el contexto el movimiento estudiantil de 1968.

En entrevista para la Revista Emeequis, con el periodista Jacinto Rodríguez, reconoció que no tenía mucho contacto con su padre pero cuenta algunas vivencias personales, así como su opinión sobre la matanza y la actuación del Estado mexicano.

Se reproducen fragmentos de la entrevista con el hijo de Echeverría:

¿Qué imágenes guardas de tu padre, ya como secretario, ya como Presidente?

-Sinceramente, a veces lo pienso, y lo he platicado con un poquito de tristeza, lo conocí muy poco. Los menores, los hijos menores casi no lo conocíamos porque se la pasó trabajando (…) Yo tenía una muy leve imagen de él como papá, inclusive como político, porque casi no lo veía, pero cuando estaba presente era una presencia arrolladora en mi vida.

Nunca nos regañó, nunca nos dio una nalgada, tal vez de joven con sus primeros hijos lo hizo, no lo sé. Todo era con el ejemplo; cuando se trataba de corregir una actitud, con una mirada era suficiente. Que te volteara a ver, con eso sabías que estabas diciendo o haciendo algo equivocado.

¿Así, sin más?

—O algo erróneo o que te estabas pasando de la raya. Te enfriaba y con eso te portabas bien derechito. Era suficiente.

¿Algún momento en específico que recuerdes?

—Uff, cuando yo llegaba muerto de la risa, contando chistes o jugando como cualquier niño, digamos de 10 años, a la comida del domingo, que era cuando lo podíamos ver más tiempo, y si estaba yo haciendo mucho ruido o levantando la voz o pasaba y tiraba una servilleta, simplemente me volteaba a ver. Ya sabía que debía corregirme, portarme bien, algo así como: “Ya sabe usted, ya se lo dijo su mamá”. Nos hablaba de ‘tú’ muy cariñosamente. Siempre muy cariñoso, como ahora con sus nietos y sus bisnietos. Tengo una imagen poco variada del padre en la infancia.

Ya después en su sexenio tuve oportunidad de verlo de cerca en el poder, de estar en sus informes. Yo no podía estar quieto en un informe presidencial.

(…)

A diferencia de los diputados, yo sí me salía, me compraba un taco en la esquina, mientras el señor se echaba informes de horas y horas sin parar, sin ir al baño y casi sin tomar agua, con buena dicción, con buen manejo y un vocabulario impecable, a diferencia de otro que fue como un burro que tocó la flauta. Mi padre era un hombre preparado en la historia, en las ciencias sociales. No se valen improvisados, como el que tuvimos recientemente. Con todo respeto a la gente que hoy es oposición, prepárense, lean más, estudien y usen a sus mejores hombres, no a improvisados.

(…)

¿Alguna vez lo escucharon hacer algún comentario sobre su trabajo, sobre los problemas del país?

—No me puedo imaginar a los presidentes Benito Juárez, Porfirio Díaz, Lázaro Cárdenas, ni siquiera en una película de ciencia ficción, llevando los asuntos tan delicados de la Presidencia hacia la familia y los hijos. A diferencia de Gustavo Díaz Ordaz, que platicaba todos los problemas serios y los grandes conflictos a su señora esposa. Y luego otro, más reciente, que hasta le preguntaba a su señora qué hacer como Presidente. Eso no debe ser, es hasta ilegal. Ese tipo de “asesoría” es anticonstitucional.

(…)

A la distancia, ¿cómo ve el 68 el hijo del entonces secretario de Gobernación?

—Para mí fue una semana de vacaciones, sin clases y de no salir a ningún lado. Fue una semana en la que mis hermanos mayores, nacidos en los cuarenta, iban, como muchos universitarios, con sus amigos a la calle a ver qué pasaba. Claro, tenían instrucciones de no meterse en problemas y no andar manifestándose contra el equipo de papá, pero observaban entusiasmados, como todos los jóvenes.

No olvidemos tampoco que el movimiento —y también está en los archivos, no lo invento yo— fue infiltrado por algunos manipulados. Tú mencionaste las palabras Guerra Fría y el concepto Guerra Sucia… Mira, guerra sucia la que está ahora, que lleva años y va para largo. De una u otra manera están matándose entre mexicanos. El ejército tiene que salir a reprimir a mexicanos que andan en el narco, en la mafia, en el secuestro. Eso es una guerra sucia.

(…)

Ya sé que voy contra muchos tabúes y clichés: cómo es posible que alguien que ha sido de la UNAM, liberal y socialdemócrata, hable así, pero es una verdad. Había muchas guerrillas y muy agresivas, urbanas y de otras. Por lo que quieras: por la Guerra Fría, porque México era un país injusto, porque había un solo partido de un gobierno monolítico, de acuerdo.

Hasta el jefe del Estado (Luis Echeverría), aunque era del equipo del que fue Presidente en el 68, tuvo que entender que había que cambiar las cosas. Eso lograron los jóvenes. Los que tenían buenas intenciones, los que iban armados de ideas, así fueran ideas comunistas, liberales, clasemedieras… había de todo y tenían razón.

¿Valió la pena el movimiento del 68?

—Bueno, ahí tienen los resultados. Los que siguen instalados en el 68 son verdaderamente anacrónicos. Se quedaron en ese siglo. El movimiento del 68 le abrió la mente a todo tipo de líderes, a las madres, a los hijos. A todos nos cambió la forma de ver el mundo. Lograron que todos nos cuestionáramos cómo debía ser la educación, la justicia, cómo debía ser el futuro de este país.

Más adelante, muchos de ellos llegaron a puestos del poder político y económico. Todas las ideas por las que luchaban los estudiantes honestos del 68, que eran la mayoría, se cumplieron. En parte por la apertura controlada y supervisada que inició el Ejecutivo en el 71. Todo lo que pedían, aunque tardó, se cumplió.

(…)

¿Y tenía que ocurrir el 2 de octubre?

—Lo que ocurrió fue que el presidente Díaz Ordaz tuvo miedo de que los estudiantes llegaran a tomar algo más que el Zócalo. En esos días, cualquier otro presidente quizá hubiera tenido las mismas reservas. Ahora cualquiera toma las calles y el Zócalo todos los días.

Si ni siquiera se podía tomar el Zócalo, mucho menos el poder, entonces ¿por qué el 2 de octubre?

—Porque tenía, y lo digo con todo respeto a la personalidad de Gustavo Díaz Ordaz, todas las reservas, por no decir miedo, a que le tomaran el Zócalo y el Palacio Nacional. Porque él creía en la lucha entre la libertad y el comunismo. Creía que había comunistas infiltrados y de todos los países. Pero la mayoría de los estudiantes eran pacíficos, desarmados. Esa marcha hoy parecería una marcha de niños de primaria.

¿El 2 de octubre es resultado del miedo de un Presidente?

—Esa es mi opinión personal, resultado de mi análisis y estudio. A mí nadie me lo dijo. Y a eso se sumó la inexperiencia de cómo manejar eso. Y el error. Cuando francotiradores, manejados por agentes extranjeros y algún partido ilegal entonces, dispararon e hirieron al coronel a cargo del batallón y los soldados reaccionaron en defensa. Para eso están entrenados. Para repeler una agresión, no para repartir flores.

Hay evidencias de que fueron militares los que atacaron a los soldados, personal del Estado Mayor Presidencial…

—No, no, no, ahí están las fotos. Va más allá. Ojalá fuera tan fácil. Y si hubo errores, yo no soy cura ni obispo, ni ando repartiendo culpas por la vida. Pero sí creo en esa parte de la religión de que hay que perdonar todo. Aunque tarde, hay que saber perdonar.

¿Hubo participación de extranjeros en el movimiento del 68?

—Ahí están los datos. El movimiento estuvo infiltrado. Y el gobierno de Díaz Ordaz tenía gente de todo tipo. En esa administración había gente formada en algunos centros de entrenamiento de Estados Unidos o de Panamá, Florida o Washington: policías, militares y, sobre todo, abogados, economistas, administradores (…).

Y arraigaron a tu padre.

—Afectaron a algunos que hicieron bien su trabajo.

No se puede negar lo que hizo, por ejemplo, la Dirección Federal de Seguridad.

—Yo no sé de eso (…).

Luis Echeverría es un hombre hermético que se llevará, como estadista, los secretos de lo que pasó en el 68.

—¡Pero cuáles secretos! Ahí está todo. Eso de creer que existen secretos como si fuera la corte de Napoleón… Ya está todo, fotos, videos, películas, libros, archivos… testimonios. Todo está al alcance de la prensa.

Lo que ya no se supo públicamente del 68, ¿sólo él lo sabrá, nadie más?

—¿Qué puede saber él que no sepa la población? A estas alturas y después de tanto tiempo, nada. A lo mejor ni él supo tampoco a ciencia cierta de dónde salieron los francotiradores, de qué embajada o de qué partido u organización guerrilla salieron.

Pero esa idea coincide con la de Díaz Ordaz, la del complot comunista…

—Para provocar al gobierno, para que reprimiera más. Para hacer quedar mal y quemar al secretario de Gobernación, para que renunciara. Recordemos que el destape estaba a un año. La Presidencia se hallaba en juego. Para que el Presidente fuera más mano dura. No sabremos a ciencia cierta las intenciones de los que iniciaron la balacera aquel terrible día, lo que sí sabemos es que no le convenía al Presidente ni al secretario de Gobernación.

¿Qué secretos puede llevarse una persona que hace 40 años no trabaja ahí? Si don Luis supo alguna cosa, algún detalle, seguro lo comentó con su jefe, que era el presidente de la República. Si hay algún secreto, ahí se quedará, porque si alguien es discreto, hermético y sabe guardar secretos de Estado y no tiene esas debilidades de lengua suelta, que se anda contradiciendo dependiendo de cómo ande la humedad en el rancho, ese es don Luis Echeverría

¿Qué concluir del 68?

—No sé, pero lo que sí les digo es: ¡Señores, ganaron! Yo soy de la gente de los sesenta. Se les agradece.

¿Ganaron?

—Todos, incluido Luis Echeverría y todos los que hicieron cosas por la apertura democrática de este país entre los sesenta y setenta. A final de cuentas, con la llegada al poder de Ernesto Zedillo, llega la generación del 68, los estudiantes que no eran ni militares ni trabajaban en Gobernación o el PRI. Ganaron. Llegaron al poder y a los negocios. México se democratizó, se aumentó por tres el presupuesto en las universidades.

La generación de los Beatles llegó al poder con Bill Clinton en Estados Unidos, y con Zedillo en México. Quien siga en la idea del 68, se quedó en el siglo pasado. Ya supérenlo, acéptenlo. Nosotros superamos el trauma. La responsabilidad que se tenga que asumir, la calumnia, la difamación, la exageración, el desprestigio, todo se supera. Aliviánense (…).

¿Qué tan difícil fue lo del arraigo?

—Para la familia en general, fue motivo de gran preocupación. Yo vivía fuera del país en ese momento, lo vi con más distancia, leí todo lo que pude y llegué a la conclusión de que fue algo muy positivo para Luis Echeverría Álvarez.

(…)

Ya se nos estaba muriendo mi papá. Estaba malísimo. Nos fuimos a China en 2001 y se quedó con ganas de ir a Shangai. Pero luego él regresó en 2002 y anduvo comiendo cualquier cosa en la calle, el equivalente a tacos callejeros, y se enfermó del SARS, síndrome que efectivamente en esa época vino de China. Estuvo casi un mes hospitalizado.</p>

Es cuando viene el arraigo. Y ya no puede salir, desvelarse, viajar, y toma un horario ordenado para sus actividades. Nunca lo habíamos tenido sentado, tranquilo. Sólo con el arraigo se quedó quieto.

(…)

-Sinceramente, y se lo mandé a decir a los panistas a través de un amigo, Luis Pazos: “Si ves a tu alumno Calderón o a tu cuate Fox, dale las gracias, sobre todo a la fiscalía.

¿No fue duro? ¿Sentirse juzgado quizá no judicialmente, pero sí históricamente?

—Ese grupo de la fiscalía investigó durante cuatro años. Abrieron todo, detuvieron a policías, etcétera. Pasaron cinco o seis años y resultó que los jueces dijeron que no había nada que perseguir. Hoy, además de ser el (ex) Presidente más longevo, es el único jefe de Estado mexicano, aparte de Maximiliano, que ha sido juzgado, investigado, arraigado y quedó libre de responsabilidad ante la ley los jueces. Su abogado, Juan Velázquez, dice que ha sido el caso más grave de la historia de México. Lo acusaron del delito más grave que hay en el mundo: delito de lesa humanidad.

¿Qué sentiste, como hijo del ex Presidente, cuando en algunas portadas de los diarios de esos días estaba la imagen de tu padre y la palabra “asesino”?

—Fue una falta de seriedad periodística. No me dolió porque nosotros sabemos que no es así. No nos queda el saco en ningún momento. Vean lo que fue de joven, sus estudios, su tesis, su trayectoria intelectual y humanista.

Esos son aciertos, ¿pero no crees que se equivocó también en algunas decisiones?

—Seguramente, todos nos equivocamos todos los días.

Como Presidente…

—No existe el gobierno perfecto. El error no está en los gobernantes, sino en nosotros, que seguimos esperando que nuestros líderes sean impolutos y que cada Presidente sea una nueva pirámide que se construye sobre la otra. Ahí está el actual gobierno, gobernando, tomando lo mejor de los gobiernos pasados. Imagina que ahorita se pusiera a revisar los delitos, los abusos, el tráfico de influencias, el enriquecimiento ilícito de los Sahagún (…).

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