martes, 8 de octubre de 2013

Mancera, la caída del ‘ángel’ de la izquierda

FUENTE: REVOLUCIÓN TRES PUNTO CERO.
AUTOR: ÓSCAR BALDERAS.

La noche del pasado 2 de octubre, Miguel Ángel Mancera Espinosa tenía un humor del demonio. No le alcanzaban los diez dedos de las manos para ordenar, a través de su Blackberry negra, explicaciones por las actuaciones de los civiles y uniformados que habían detenido con violencia a los manifestantes de la marcha que conmemoró el 45 aniversario de la matanza estudiantil en Tlatelolco.

Escribía al procurador de justicia Rodolfo Ríos y al secretario de seguridad pública Jesús Rodríguez Almeida comiéndose letras, apresurando, cambiando los “qué” por los “q” en su intento por saber, lo antes posible, qué significaban esos videos de jóvenes, mujeres y familias enteradas aporreadas con balas de goma, toletes y extintores por policías que, según le informaron al jefe de Gobierno, sólo llevarían escudos para replegar personas.

“Estaba muy enojado. Tenía la computadora prendida y veía los videos una y otra vez. Le llegaban unos diez tuits por segundo con links a Youtube y cada uno parecía peor que el otro”, contó un funcionario del gobierno capitalino, que esa noche escuchó maldecir, al menos un par de veces, al mandatario capitalino.

En las pupilas de Mancera, fijas sobre la pantalla, resbalaban títulos de videos con palabras como “represión”, “abuso policiaco”, “detención arbitraria”, “agresiones”. Uno de los que más le impresionó, narró el servidor público, fue aquel en el que un granadero se quita el casco y golpea directamente en la cabeza a un joven que está acorralado y sin poner resistencia; en su arrebato de furia, golpea a una niña en la frente.

“A ver cómo acaba esto…”, musitó Mancera, molesto, y se perdió en las teclas oscuras de su teléfono, pidiendo explicaciones. Hace tiempo que nadie lo veía así en su despacho.

Miguel Ángel Mancera Espinosa nació el día que el mundo celebra al grupo musical más famoso de la Tierra. La Organización de las Naciones Unidas anunció que, a partir de 2013, cada 16 de enero sería el Día Mundial de Los Beatles. Cuarenta y siete años antes de eso, en 1966, nació el único vástago del matrimonio entre Miguel Ángel Mancera Segura y Raquel Espinosa Sánchez.

Luego de obtener el grado de Doctor en Derecho y de una meteórica carrera política que lo llevó a la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, Mancera coqueteaba con la idea de abandonar el rol de cantante tras el telón y sumarse al grupo selecto de protagonistas que lideran la capital del país: Cuauhtémoc Cárdenas, Rosario Robles, Andrés Manuel López Obrador, Alejandro Encinas, Marcelo Ebrard… y él.

Se sentía listo para los reflectores y las multitudes. Las encuestas lo alentaban y el 8 de enero se registró como precandidato; once días después, ganó la candidatura de la izquierda a la jefatura de gobierno y el 1 de julio de 2012 pasó a ser el “John Lennon” de la política capitalina: 66.5 por ciento de los votos de esa jornada lo eligieron como ganador. Ganador histórico, pues ningún político de izquierda había cosechado antes semejante votación.

Las expectativas fueron altas, especialmente en comparación con el priista Enrique Peña Nieto; él, como oposición, había logrado que dos tercios del electorado lo eligiera, mientras que el nuevo Ejecutivo federal apenas un tercio y bajo sospecha de fraude.

Era una especie de “Manceramanía” que, pronto, topó con el fracaso.

Apenas el 16 de julio de 2013, la casa encuestadora Parametría publicó un estudio por los cien días de gobierno del nuevo “front man” de la política capitalina y mostró que el nuevo jefe tenía 79 por ciento de aprobación, una cifra parecida a la que alguna vez tuvo López Obrador.

Parecía una victoria consecutiva, después de que diez días antes la fundación City Mayors lo eligiera, entre mandatarios de miles de ciudades, como “El Alcalde del Mes”.

Eran los días buenos. Apenas hace unos meses Mancera seguía en las nubes.

Todo ocurrió muy rápido y por distintos factores: la población de izquierda que votó por él no ve con buenos ojos la cercanía de Mancera con Enrique Peña Nieto, a quien trata como igual y no como enemigo político; no ha desarrollado un espectacular programa social y en cambio ha quitado algunos emblemáticos como “las playas de Semana Santa”; la violencia ha tenido una nueva escalada en el Distrito Federal y casos como el del ejecutado en el “Bar Black” de la Condesa y los desaparecidos –ahora asesinados– del “Bar Heaven” en la Zona Rosa han abonado a esa percepción.

Además, ante los ojos de los votantes progresistas, mientras López Obrador brindaba su apoyo a los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) que se manifestaban en la capital contra la Reforma Educativa, a Mancera parecía no importarle sus demandas e, incluso, los reprimía con violencia y, de paso, a cualquier manifestante. Detenciones arbitrarias y un supuesto trato con vándalos para permitirles hacer destrozos son parte de las acusaciones.

La población conservadora le critica su postura frente a la legalización de las drogas, la idea de aplicar una tarifa diferenciada en la entrada al Metro, la inacción a la hora de atraer inversión privada a la ciudad y el crecimiento sostenido de delitos de alto impacto como homicidio y secuestro, así como el debilitamiento de la capital frente a la entrada del crimen organizado y la filtración de estos grupos en la policía.

Además, lo ven como un hombre tibio a la hora de “recuperar” vialidades ocupadas por manifestantes de la CNTE, el que no oponga resistencia por las puestas en libertad de jóvenes detenidos en marchas y su aferramiento al diálogo.

Aquella voz que cantaba, desafinó. La última prueba la entregó el pasado 7 de octubre el diario El Universal: 43 por ciento de aprobación y, por primera vez, son más quienes desaprueban su gestión. Ya antes, en otra encuesta del mismo diario, había caído de 57 a 52 por ciento, pero 43 seguía como su peor récord.

“En todos los aspectos evaluados, la evaluación es peor que en las dos encuestas anteriores”, dice la nota informativa de dicha encuesta, realizada por el periodista Carlos Ordoñez.

No parecía el mismo político al que Consulta Mitofsky, apenas en abril pasado, le había medido 71 por ciento de popularidad. También en ese mes, el periódico Reforma, calculó su aprobación en 70 por ciento, una cifra soñada para cualquier presidente de la República.

Ahora, si se tratara de un examen de evaluación –como los que harán a maestros disidentes– Mancera reprobaría. Apenas alcanzaría un 4.5 en una escala del uno al diez, una cifra a la que no había llegado ningún jefe de Gobierno en la historia.

Mancera sigue viendo la computadora. Repasa una y otra vez cada secuencia grabada en Paseo de la Reforma, Eje Central, Bucareli. Editores y dueños de medios de comunicación llaman con insistencia para obtener una explicación del jefe de Gobierno qué ha pasado este 2 de octubre, que tiene incendiadas a las redes sociales.

Mancera no está para nadie. Tiene un humor del demonio. “Que lo vean con Rodolfo”, “que hablen con Almeida”, responde, parco, mientras escribe en su teléfono inteligente comiéndose letras. Cuando se siente apresurado, este doctor en Derecho y medallista de la presea Alfonso Caso suele atentar contra la ortografía.

Las horas pasan y su ausencia empieza a costar. La gente retuitea hasta en 800 ocasiones su último mensaje: una felicitación por su tercer informe de gobierno al gobernador priista de Veracruz, Javier Duarte, quien se ha hecho famoso por las agresiones a la prensa en su estado, una fama que parece rozar cada vez al mandatario del DF.

Por ese tuit, aparece un tema del momento en los ojos de Mancera: #FelicitoComoMancera. Entra, emocionado, en busca de una buena noticia. No la hay. Sólo ironías, reclamos, monumentos a la frivolidad de un alcalde en apuros.

De un “John Lennon” caído en desgracia.

“A ver cómo acaba esto…”.

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