lunes, 30 de septiembre de 2013

Por culpa de las autoridades, mueren seis aplastados por un alud

FUENTE: PROCESO.
AUTOR: MARCELA TURATI.

ACATEPEC, Gro. En el camino que cruza El Chirimoyo, entre las pisadas de huarache impresas en el barro, hay flores amarillas, machucadas, que señalan la senda a los muertos.

Los pétalos están frescos, los entierros son recientes. Los seis difuntos de esta comunidad, aunque fueron aplastados por un alud igual que sus paisanos de La Pintada, no salieron en la televisión. No hubo brigadas que vinieran a rescatarlos. No han recibido la palabra de aliento de ningún funcionario. Ni siquiera conocen a su edil, Juan Paulino Neri, quien desde que ocurrió la desgracia no ha pisado al municipio. Sus familias no saben de algún albergue donde puedan mantener el petate seco.

Aunque la caída del cerro ocurrió el 17 de septiembre pasado, las muertes de Florentino, Armando, Librado, Celso, Basilio y Anastasio tardaron seis días en ser incluidas por el gobierno federal en la suma de decesos causados por las inundaciones. Fue hasta el día 23 que el secretario de Gobernación, Miguel Angel Osorio Chong, en una entrevista de radio mencionó que al “entrar” al municipio se encontró con la noticia de los fallecimientos; sin embargo, en la realidad ninguna autoridad ha pisado el pueblo.

“Hoy mismo en Acatepec, allá mismo en Guerrero, al poder entrar, se encontró otro deslave, también de una manera muy similar a lo de La Pintada y encontraron a ocho personas que lamentablemente fallecieron, dos más que en el río se ahogaron y bueno conforme vamos avanzando en los municipios encontramos estos momentos de devastación”, dijo el funcionario federal errado en cifras y a destiempo.

Han pasado seis días desde que el secretario se dio por enterado y la gente de Moyotepec sigue sola, intentando recuperar al último de los aplastados por el cerro. El cuerpo de Jaime, quien próximamente sería padre, sigue desaparecido.

“A raíz de ir a poner queja por afectación pasó esto. Cuando dejó de llover un poco fuimos lunes en la tarde a avisar (a la cabecera municipal) del derrumbe de la escuela primera. El Oficial Mayor nos dijo que si hay daños en casas, en parcelas, tenemos que tomar fotografías. Ya nos organizamos y fuimos, terminamos de tomar fotografías, cruzamos un río, de repente se desbordó el cerro y como venía fuerte el río a los que venían atrás se los llevó, nos falta encontrar a uno”, refiere el comisario Jesús Enrique Nava. Una persona traduce al español su explicación.

Queda claro entonces que los seis no murieron por las lluvias de las fiestas patrias. La mala fortuna los cercó cuando acudieron al llamado del comisario que los citó para fotografiar a las milpas que se habían ido a un precipicio, y a las casas destruidas por lluvia y tierra, porque en la cabecera municipal le dijeron que sólo con esas pruebas le harían caso.

Cuando habían cumplido el requisito para ser tomados en cuenta, el cerro se desplomó y los arrojó a un río.

El comisario continúa la descripción de la insensibilidad del gobierno: “Luego en ese día fui con el suplente a avisar, el síndico estaba ocupado, el licenciado que trabaja con él nos dijo que como nadie los mató que nos organizáramos nosotros para buscar nuestros compañeros”.

Otro de los presentes dice: “Del ayuntamiento no ha habido nada. Nomás nosotros nos hemos venido a organizar para buscar nuestros compañeros”.

Esta comunidad es de indígenas me’hpaa, casi nadie habla español.

El vecino Librado García interviene y reclama por la desatención de las autoridades. Lo que más le cala es el argumento que les dieron en la presidencia municipal cuando fueron a avisar de la desaparición de las seis personas y solicitaban ayuda para peinar el río hasta otros municipios. “(El licenciado) Dijo: no hay nada para ustedes, ellos (los muertos) fueron por su propio gusto, todo es culpa de nosotros. Y hasta ahora no hemos recibido noticias del síndico, no pregunta cómo están nuestros compañeros, nos deja solos, pues, no se preocupa de nada, ni un pollo recibimos las familias, ni un refresco, ni algo de protección. Andamos así, solitos”.

Queda claro que los seis murieron por luchar contra la indiferencia. En el intento de dejar de ser invisibles. Aunque el cerro se les vino encima no salieron del anonimato.

Lo único que han recibido hasta ahora es una despensa que recogieron afuera de su pueblo y les duró tres días.

Esperanza Sánchez Francisco, la mujer de Florentino, es la viuda que más llora. Ella, además de perder al padre de sus hijos, perdió al amor de su vida: “Voy a buscar forma cómo voy a hacerle porque mi esposo me está manteniendo, sale a trabajar, trae dinero. No sé cómo voy a hacerle porque él ya no está conmigo”, dice.

Antes de soltar el llanto, con un lamento hondo recuerda: “¡Y él me amaba!”. Se tapa las lágrimas con la manga de su suéter. Eso pasa cada vez que habla de su marido.

Como todos se sabe huérfana de autoridades y por eso reclama: “No vino nadie del ayuntamiento, los vecinos se organizaron para ayudar a las personas. Mi esposo apareció apenas antier y ayer lo enterramos”.

La joven viuda invita a su visitar su casa a los reporteros que la entrevistan. Es una construcción de adobe con una placa de “Piso Firme” del gobierno federal que está rodeada de flores rojas. Tiene el techo de lámina roto y el cemento húmedo. En el intento por tapar las goteras ha usado olotes, bolsas de plástico y envases de refresco que coloca abajo de la lámina que parece cartón mojado.

Muestra un álbum con las fotos de su marido. Llora en cuanto lo vuelve a ver. Dice que estaba a punto de trabajar de nuevo como chalán en Chilpancingo para cambiarle de techo a la casa.

Vuelve otra vez a llorar desesperada. Se toca la panza. Dice que desde que no llegó se le metió un dolor ahí.

Crescencia Neri, esposa del finado Anastasio, tiene tres hijos, a la menor la lleva sobre la espalda, tiene un mes de vida, la resguarda en el rebozo. Ante la pregunta de cómo está contesta, tranquila, casi sonriente: “Un poco bien. Como no tengo nada qué comer, con mis hijos fui a comer a casa de mi madre. Como aquí tengo mi casa, ya casi todo la tierra se bajó de arriba abajo, se metió a mi espalda. Como no voy a tener con qué construir voy a estar con una lona a ver dónde consigo”.

Está con otras mujeres afuera de la tienda del centro del pueblo. Todos comentan cómo fue el rescate, cómo siguen incomunicados, por qué se rompió la carretera, cómo no hay comida.

Melesio Mateo García, hermano del difunto Armando, dice que no es la única desgracia: “Hasta ahora estamos sin alimento porque no hay paso de camioneta, Hace falta todo, sobre todo maíz. Estamos sufriendo, comiendo tortilla con sal y quelite”.

En el camino hacia la cabecera municipal se ven los pedazos de tierra sumida, como si hubieran sido succionados bloques enteros que bajaron varias capas del subsuelo. Nacieron nuevos ríos. En algunos tramos hay plantas de maíz tiradas, como lanzas que no atinaron en un blanco, como si se hubieran aventado hacia el precipicio.

Al presidente municipal perredista nadie lo ha visto. Ni los funcionarios de gobierno, ni la gente de la cabecera. Dicen que vive en Chilpancingo. Acusan al secretario del ayuntamiento y al oficial mayor de haber secuestrado las despensas en una bodega en la comunidad de Ocote Capulín.

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